La nostalgia de Nueva York ya nos empieza a invadir. Y eso que aún estamos aquí, no quiero ni pensar cuando nos veamos de nuevo envueltos por la rutina diaria. Encima el día ha vuelto a presentarse plomizo y gris, apresado por la melancolía.
Hoy es el último día completa que vamos a pasar aquí y en mi planning se quedó en blanco para poder rellenarlo con alguna cosa que se nos hubiera quedado en el tintero. Desde el primer día que al volver de Brooklyn se nos hizo tarde para ver el Pier 17 en South Street Seaport tuve claro que ése sería nuestro destino para hoy.
Pero se nos había quedado otra cosilla que no quería dejar escapar: bien tempranito estábamos camino de la Grand Central Terminal, con la intención de desayunar allí. Estaba cerca del hotel, así que fuimos andando.
El gran hall central tiene un aroma a cine clásico que te emboba nada más entrar. Unos pasillos a modo de túnel desembocan en sus costados y vomitan centenares de personas que llegan de las distintas líneas de tren a trabajar en la ciudad. El ambiente es apasionante, vigoroso y resulta un placer internarse por esos túneles y recorrer los locales que los ocupan. Nos sentamos a desayunar allí y a ver pasar todos los arquetipos humanos que pululan por delante nuestro. No puedo resistirme y me meto entre pecho y espalda un chocolate calentito con unos muffins.
Desde allí cogemos una línea de metro que nos lleve hasta la parada de Whitehall Street. Poco antes de llegar, el metro empieza a ir muy despacio y a rechinar como una mula vieja. Cruzamos una estación desierta y ruinosa, llena de escombros como si la hubieran bombardeado. Mi marido alucina: “Mira que hay estaciones anticuadas y cochambrosas pero esto no es normal, esto es una escombrera”. Me pongo a investigar en la guía y encuentro que es una estación cerrada... desde los atentados del 11-S, porque es la que coincidía con la zona 0. Un escalofrío nos recorre la espalda.
Volvemos a la luz afortunadamente en pocos minutos en Whitehall Street y nos acercamos a ver la manzana de edificios más antiguos del sur de Manhattan, en cuya esquina está enclavada la Fraunces Tavern (54 Pearl St). Este famoso local, que data de 1762 es muy conocido por ser un lugar muy frecuentado por George Washington y e el que tuvieron lugar multitud de acontecimientos históricos.
Yo quería seguir paseando junto al río, pero el airecito que viene del East es poco menos que insoportable, así que nos conformamos con recorrer Water St. Hasta que se cruza con Fulton St. La zona tiene un encanto muy especial. Esos edificios de ladrillo te recuerdan a la Inglaterra tradicional, la hilera de casas de Schemerhorn Row, con sus terracitas (hoy inservibles por el frío pero que seguro son deliciosas en verano) y sus tiendas y las antiguas instalaciones del puerto reconvertidas en museo y zonas comerciales convierten este Seaport en una visita más que recomendable.
Nos llama la atención el cartel de una exposición de la que habíamos oído hablar muchas veces: BODIES. Supongo que la conoceréis: la del médico que inventó una técnica para plastificar cadáveres de dudosa procedencia y exponerlos a modo de lección de anatomía.
Entramos a verla. Reconozco que no es apta para todos los estómagos, reconozco que hay mucho de morbo malsano en el negocio que ha montado este señor, pero a nosotros que nos fascina la máquina humana nos encantó. Se ha dicho que los cuerpos se obtuvieron de forma más bien dudosa, que se trata de reos ejecutados en China y la verdad es que la polémica siempre ha rodeado esta exposición. Nosotros intentamos abstraernos de todo eso y sacar provecho de lo que vimos. La muestra, amplísima, se divide temáticamente extendiéndose por una infinidad de oscuras salas en las que las disecciones destacan con una iluminación tenebrista muy impactante.
Al salir encontramos abierta la taquilla de TKTS (esta es la otra que hay aparte de la de Times Square). Había algo de cola, pero yo sabía que hoy sería nuestra última oportunidad para ir a Broadway. “Pero si ya fuimos anoche al Radio City...”, se quejaba mi marido. “Hace mucho frío, hay bastante cola y yo no me puedo quedar mucho rato de pie parado” Y es que anda un poco mal con la ciática. Aún así, lo intenté: “Anda, porfa...vamos a hacer una cosa. Quiero ir a buscar una tarjeta para el teléfono. Quédate mientras voy y si al volver vemos que la cola no avanza rápido nos vamos.” Aceptó a regañadientes y yo me fui hacia Water Street a buscar alguna tienda. En mi camino, al llegar al cruce de la angosta Wall Street le hice esta foto con la Trinity Church al fondo. Me parece una imagen muy representativa de las calles de Nueva York.
Para mi definitiva derrota, cuando volví la cola seguía exactamente igual, inamovible, y parecía que aquello iba para horas. “¿Nos rendimos?”, me dijo el pobre, rígido de frío y de dolor de pierna.
Era lógico, y se acercaba la hora de comer. Estuvimos un rato deambulando por las tiendas del Pier 17.
Yo no hacía más que pensar que ese sitio con buen tiempo debe ser la bomba.
Nos metimos a comer en un restaurante bastante grande que hay en el piso de arriba del todo. Era un pelín más caro de lo que nos habíamos acostumbrado en estos días, pero estaba bien de precio igualmente y además estaba todo rodeado por unos ventanales espectaculares con vistas directas al puente de Brooklyn. ¡Qué más se puede pedir! Yo me salí afuera, ya sabéis que no me puedo resistir a echar unas fotos...
Comimos relajadamente y dimos nuestra última vuelta por los alrededores del Pier 17.
No me canso de decir que el sitio es increíble. Las vistas del río, con el puente y Brooklyn al fondo, la mole de acero y cristal de los edificios del distrito financiero asomándose al borde mismo del agua, las gaviotas recortándose sobre la silueta de los barcos amarrados, las calles empedradas con sus edificios rescatados de un pasado marítimo y colonial, otro inmenso árbol de Navidad más, éste con la grada para el famoso coro de villancicos que sale en el video de Anabel Alonso.
Esta tarde todo estaba impregnado de una triste belleza, la nostalgia de nuestra última tarde en Nueva York que empezaba a calarnos hasta el tuétano.
Decidimos volver paseando por las calles del Downtown para acercarnos a hacer nuestro último desfalco en el Century 21, a ver si así se nos pasaban las penas.
Al pasar por la St. Paul’s Chapel, con la noche ya al caer, le disparé esta foto de despedida.
Ya sabéis la locura que supone entrar al Century 21. Definitivamente merece la pena, pero hay que dedicarle un rato a buscar, porque a pesar de las marcas, es casi todo horroroso y caótico y puede llegar a desesperar. Me compré un abrigo largo negro por 70$, compramos más calzoncillos Calvin Klein y Tommy por 9$ el paquetes de tres, algunas camisetas, calcetines...
Las maletas estaban ya a reventar y todavía no habíamos comprado ni un solo souvenir. Aún era relativamente pronto cuando descargamos en el hotel, así que nos pasamos por la tienda de recuerdo que hay en la misma 5ª avenida haciendo esquina con la calle 32. No estábamos muy interesados en comprar cacharritos que suelen acabar en la basura, pero teníamos que hacernos con algunas cosillas de compromiso y con una ristra de camisetas I LOVE NY ( 7x10$).
Hoy era nuestra última cena en NY y hacía ya unos días que nos habíamos percatado de que el tramo de la calle 32 entre la 5ª y Broadway estaba llena de locales coreanos. Mi marido es amante de la cocina asiática, así que teníamos que probar uno de estos coreanos. Entramos a uno que vimos sencillito pero que estaba llenos de gente, la mayoría de ellos coreanos. Eso es una garantía. Se llamaba Pho 32 N Shabu Restaurant, en el 2 W 32nd Street. La cena fue deliciosa, mucha verdurita, pollo asado, unos tallarines de arroz espectaculares. Las mesas tenían unos agujeros que si los destapabas escondían una resistencia para mantener caliente o también acabar de cocinar en tu propia mes ciertos platos que traían con caldos y verduras crudas. Una pasada.
Tuvimos en la mesa de al lado un tipo muy extraño cenando solo, comiendo como una bestia con la mirada perdida en el horizonte y haciendo gestos y sonidos muy extraños. Es raro que la gente te mire en Nueva York, pero os aseguro que lo mirábamos todos, porque daba un poco de miedo. Pero la cosa se quedó en nuestras elucubraciones paranoides y no dejó de ser un tío raro más de los que abundan en las grandes ciudades.
Es curioso cómo lugares como Nueva York pueden ser un sueño feliz para tantos y a la vez, estoy seguro, una pesadilla tormentosa para otros. La paradoja y la contradicción habitaba también esa noche en nosotros: contentos por la experiencia que estábamos acabando de vivir, abatidos por la pronta partida, ilusionados con volver a ver a los nuestros y poder contarles todo este torrente de emociones que cargábamos en nuestras maletas rebosantes...
En cualquier caso, en esta vida agridulce siempre es mejor quedarse con lo positivo. Podemos sentirnos afortunados de haber tenido el enorme privilegio de estar aquí, de haber formado parte del puzzle humano de esta ciudad y de llevarnos un bocadito de esta gran manzana que nos ha robado el corazón.







tus relatos ,sabes , me los imprimo y los releo en el avión.... 
