Perdonad por el retraso pero estos días hemos estado desconectados y ha sido difícil. Aquí estamos en cualquier caso con la siguiente entrega. Esperamos que os guste.
23-12-2007 Central Park
Esta mañana de domingo el cansancio nos vence. Nos hemos acostado casi a las 4 y después de toda una semana de trote no hay quien nos levante de la cama. Con todo el dolor de mi corazón hemos decidido olvidarnos de la excursión a Harlem para ver una misa gospel. Pero esta vida muchas veces consiste en elegir unas cosas sacrificando otras, es algo que hay que asumir, pero no es posible llegar a todo. Es una cosa más que se suma a nuestra amplia lista de razones para volver a Nueva York.
Salimos a la calle a eso de las 12, más tarde que ningún otro día. Definitivamente este domingo supondrá un punto de inflexión en nuestra visita a América. Ha sido una semana de intensísima actividad, hemos hecho largas jornadas caminando sin parar, hemos ido y venido en autobús a Boston, hemos paseado durante horas bajo una nieve inclemente... Ha llegado la hora de vivir la experiencia del viaje desde otro punto de vista, más apacible, más relajado y contemplativo.
Aún así, yo sigo convencido con seguir cumpliendo la ruta que planeé hace varias semanas en Valencia, cuando NY no era más que un mapa y mis recorridos un esquema bidimensional. Hasta ahora ha sido perfecto y creo que podremos rematarlo sin demasiados sobresaltos. Por tanto, Central Park es hoy nuestro destino.
El día ha decidido acompañarnos con una densa capa de nubes, pero la recibimos un día más con alegría. Montamos en el metro camino a Columbus Circle, quiero que comamos en el sótano del Time Warner Center porque alguien dijo en el foro que había un sitio de comida al peso donde había muchas verduras y variedad de cosas saludables.
Y era verdad. La enorme mole de cristal que es este complejo se asoma a la esquina suroeste de Central Park y recibe al visitante con un enorme hall vistosamente decorado con ornamentos que flotan colgados del techo formando una constelación de estrellas azules.
Al bajar las escaleras mecánicas la marea humana nos envuelve en plena hora punta de las comidas. El frenesí en esta ciudad no respeta los domingos tampoco... La organización de lo que allí hay me resulta muy caótica. El Whole Foods Market: no sé muy bien si es un supermercado, un restaurante self-service o una cafetería o todo junto. Hay mesas llenas de gente comiendo en bandejas de plástico pero no sé de dónde las han sacado porque a su lado sólo hay una barra donde sirven zumos. Al fondo hay lo que parece un supermercado, pero todo mezclado con la gente que va y viene con esas bandejas en la mano, por lo que me veo en la necesidad de coger del brazo a una empleada para que me asesore antes de volverme loco. Es una latina hiperactiva, de éstas que rebosan energía por cada poro y de las que piensas que tienen un talento natural desaprovechado en trabajos como éste. Me hace un tour por el lugar para explicarme cómo funciona. En la barra, efectivamente, sólo ponen zumos, cafés y cosas así. La comida de las bandejas proviene de esa especie de supermercado. Hay multitud de bandejas como las de los buffets libres con comida de todo tipo: vegetariana, arroces, pollo, ingredientes sueltos para prepararte tu propia ensalada y un puesto dedicado exclusivamente a comida india, que es la especialidad del día. Se trata de coger una de las bandejas de plástico (hay de varios tamaños) e ir llenándola de todo lo que quieras. La bebida y otras cosas envasadas están en las estanterías.
Creo que ya lo tengo claro, así que engancho un par de bandejas y a proceder. Hago un mix estupendo, me conozco los gustos de mi marido, así que sé que no le fallaré. Mucha verdura, algo de arroz, un poco de pollo, nada de picante y esta cosa tan rara que hay aquí que seguro que le mola. Me hago con unas bebidas y el problema llega cuando busco la caja. ¡Dios qué lío! Había varias colas distintas en distintos sitios, ésta no es, aquí es para pagar otra cosa, dónde está la caja rápida que me ha dicho esta chica para menos de 10 artículos. Os juro que de manera inexplicable me pasé como 10 minutos dando vueltas con la bandeja y pasé por tres colas distintas antes de dar con la que tocaba. Y todavía no sé explicar por qué, es que eran como muchas cosas todas juntas en un mismo espacio. Un laberinto de estanterías sin orden ni concierto con distintas cajas por todas partes, ninguna la que busco. Consigo pagar y mi marido ya ha cogido sitio en una mesa larga, junto a dos amigos catalanes. Se ha enfadado un poco porque cree que me he eternizado en mi indecisión patológica . Los catalanes se descojonan. “Que no, que no, que es que esto es un caos y me he perdido”.
Por lo menos le gusta lo que he traído y me doy cuenta de que este sitio es perfecto para los días de solecito coger la bandeja y comérsela directamente tirado en Central Park. Debe ser algo que mucha gente cuando haga buen tiempo.
Los catalanes nos cuentan que es su sexto viaje a NY y que se marchan esta misma tarde: “Nuestros amigos nos dicen que estamos locos, que con los sitios que hay para ir para qué volvemos aquí una y otra vez. Si vieran cómo vuelven las maletas a España lo entenderían. Además, como ya conocemos todo lo turístico, nos volvemos locos de tienda en tienda. Nos ponemos las botas comprando.” Un poco extremo el punto de vista... por mucho que me gustaran las compras, no creo que echara un viaje a propósito para dedicarlo a eso. Por mucho que conozcas la ciudad, estoy seguro de que siempre tiene sorpresas escondidas por ahí, pero bueno, cada uno...con sus cadaunadas.
Nos vamos enseguida, vamos a tratar de hacer un reposado recorrido por el parque de los parques.
Central Park es inmenso. Es un maravilloso y necesario paréntesis verde entre el asfalto que los neoyorquinos aprovechan siempre que pueden. Incluso hoy, que hace frío y la tierra está húmeda, hay gente corriendo o simplemente paseando. En España estamos acostumbrados a unos parques muy ordenados, muy “urbanizados”. Central Park tiene zonas de agradables caminos con bancos, incluso varias calles habilitadas para el tráfico de coches lo cruzan, pero hay vastísimos espacios abiertos, praderas y áreas boscosas de apariencia semisalvaje.
Pero lo más destacable del parque, a nuestro juicio, son sus miles de rincones románticos. Caminamos sin un rumbo muy definido hacia el norte, a través del Sheep Meadow hasta llegar a Bethesda’s Fountain, que se encuentra en una amplia explanada frente al lago. La vemos desde la balaustrada del mirador de Bethesda’s Terrace, melancólica y solitaria bajo el cielo amenazante, con la hermosa nostalgia de los días luminosos de primavera que están por llegar y que la volverán a llenar de vida.
Tomamos rumbo al oeste a través de los caminos de Cherry Hill, cubiertos por miles de hojas de arce empapadas por la llovizna que forman un manto de oro sobre la turba helada.
Aparecen las serpenteantes veredas que cruzan los ondulados montículos de Strawberry Fields, el rincón del parque dedicado a la memoria de John Lenon realizado gracias a las donaciones de decenas de países en uno de esos inútiles gestos por la paz que se quedan en lo simbólico y llegan a poco más, pero que a veces dejan un bello legado como recuerdo.
Hoy hay pocas flores sobre el mosaico de Imagine, pero alguien ha dejado una guitarra que se moja con la fina lluvia que cae como pulverizada. Me sorprende lo cerca que este lugar está de la calle. Siempre había imaginado que estaría en el corazón del parque, pero desde allí se ve la fachada de los apartamentos Dakota, el lugar donde cayó Lenon tiroteado.
Prefiero no acercarme y volvemos a internarnos bordeando el lago a la búsqueda de un puentecito que me parece precioso, directamente sacado de un cuento de hadas. El Bow Bridge se estira de orilla a orilla con una curva elegante y grácil uniendo Cherry Hill y The Ramble y ofrece unas espectaculares vistas de la fachada oeste del parque.
Mi marido y yo seguíamos caminando, subiendo pendientes y atravesando los promontorios formados por esas piedras negras tan características de Central Park, con cuidado de no patinar en los restos de nieve convertidos en hielo o en las hojas mojadas que se transformaban es resbaladizas trampas a cada paso. Íbamos en silencio, disfrutando de la paz del lugar y a la vez imbuidos de una especie de nostálgica tristeza. Quizás era el cansancio que arrastrábamos, quizás nos dejamos arrastrar por el espíritu de esa tarde gris en el parque callado y romántico o quizás intuíamos que el viaje avanzaba y los días se acercaban a su fin una vez pasado su ecuador. Una sensación parecida a los últimos días de las fiestas navideñas, cuando pasa la Nochevieja y algo te dice que se acaban, aunque aún quede una semana más.
Subimos por los zigzagueantes caminos entre las escarpadas rocas negras tratando de no resbalar y alcanzamos la silueta romántica del Castillo Belvedere. En el mismo centro del parque se alza esta pequeña construcción, una fantasía decimonónica que me recuerda a las del Tente que hacíamos de pequeños: sus grandes bloques de sillería, sus ventanitas geminadas y su torre rematada por un tejadito picudo que esconde alguna princesa tan melancólica como el bosque que hoy nos rodea. Entramos y la magia se diluye porque no hay nada aparte de un mostrador de turismo pero nos encanta subir a las torres de los castillos y las catedrales y ésta no va a ser menos. Las vistas desde allí son siempre maravillosas.
Cerca se levanta la mole del Metropolitan Museum of Art. Está empezando a llover un poco más, la noche se acerca a pasos agigantados y hace cada vez más frío, así que el museo puede ser nuestro refugio ideal. No sabemos si hay entrada en la parte que da al parque. Hay unas cristaleras muy grandes y se ve una especie de cafetería. Intentamos entrar pero desde dentro un camarero nos hace el gesto del giro con el dedo, que significa algo así como: “Por el otro lado, cacho paletos, no veis que esto es una puertecica de salida de emergencia y aquí no hay nada que se le parezca a una taquilla” Debió pensar algo así pero en inglés o en el idioma que vete tú a saber hablara aquel buen hombre. Pues allí que se van los maridos como dos cacarrabias “Ya te lo decía yo que no era por aquí”, “Chico, pues había que probar que por aquí estaba más cerca”, “Siempre que acabamos dando la nota”, “Exagerado”… y en todo ese trajín llegamos a la 5ª Avenida. Aquello sí que parece una entrada en toda regla, como mandan los cánones: escalinata imperial, colomnatas interminables, y su correspondiente río humano de turistas sedientos de cultura. Ale, vamos p’allá que nos lo quitan de las manos oiga!!! ¡Qué bárbaro, ni que regalaran bocatas de calamares! Venga gente entrando sin parar como en un partido de fútbol… Menos mal que aquello es enorme y cabíamos todos, pero estaba la cosa cargadita de verdad. El hall es como una plaza de toros de grande, muchos museos darían lo que fuera por disponer de este espacio. La cosa va ligera en la taquilla. Hay un cartel que indica un precio de 20$ por barba y abajo en pequeñito pone que es un precio sugerido. ¡Anda qué jodíos! Ya sabía de esto por el foro, si no puede que no hubiera visto lo de la sugerencia. De todos modos y por si acaso le pregunto al de la taquilla, una especie de becario medio hippie: “¿Lo de los 20$ es obligatorio o sólo una suggestion?” Tras la respuesta positiva a lo de la suggestion decido que no nos vamos a gastar más de 10$ entre los dos que hoy ando un poco tacaño.
Ahora lo difícil es encontrar la manera de abarcar este museo de proporciones inabarcables. Llevo una recomendación en la guía pero sinceramente me resulta un poco difícil seguirla y orientarme entre el barullo de gente así que acabamos haciendo nuestra visita sui generis a salto de mata. Eso sí, tengo claro que me apetece ver la nueva sala grecorromana: imprescindible.
Nos perdemos un rato también entre las pinturas impresionistas y unos picassos estupendos (ese retrato de Gertrud Stein... maravilloso) pero no les hago fotos porque salen mejor en los libros de historia del arte.
Nos encanta también encontrarnos con unas salas de arte antiguo (no recuerdo si asirio, sumerio... reconozco que me confundo un poco)
y para acabar, porque ya nos van a cerrar pronto, nos acercamos al ala egipcia. Hay muchos papiros y estatuas, pero la joya indiscutible es el templo de Dendur, con una enorme sala dedicada a su recreación. Para los cinéfilos, es la que sale en la película “Soy Leyenda” con Will Smith haciendo como que pesca en el estanque que rodea el templo.
Salimos con la muchedumbre y fuera cae un aguacero considerable. Coger un taxi se convierte en tarea imposible, hay mucha gente pegándose por pillar uno y se me enciende la bombilla cuando veo que a la esquina se acerca un bus. Corremos bajo la lluvia y le pregunto al conductor. ¡Perfecto! Hace toda la ruta por la 5ª Avenida hacia el sur (bueno...es el único sentido posible en esa vía) así que entramos de un salto.
Mi marido me pone la cara de corderito degollado. Está desde ayer empeñado en comprarse otros Levi’s y le propongo ir a Macy’s, que está cerca del hotel y con la que está cayendo no está la cosa para muchas fiestas. No le hace gracia la idea, insiste en que cuando estuvimos la vez anterior no encontró de su talla unos que le gustaran (con lo flaquito que está), pero yo insisto más y acabamos en Herald Square, otra vez en el caos de Macy’s. Ponemos patas arriba los estantes de Levi’s pero lo que se prueba no le queda bien. Yo, en cambio, encuentro como tres pares que me van como hechos a medida, pero consciente de su frustración decido solidarizarme y dejarlos donde estaban. “¡Es que tú siempre encuentras!”. Pasamos también por los zapatos, necesitamos comprarnos para la cena Paco Martínez Soria, que ya es mañana. No nos gusta nada. “¡Vámonos de aquí! Ya te he dicho que no fuéramos a Macy’s.” Me tengo que callar, porque esta vez lleva razón, así que empezamos una peregrinación de tiendas bajo la lluvia. A mí, la verdad, me gusta caminar cuando llueve. Me da una sensación de libertad muy grande, como de romper las reglas de la cordura y el sentido común y me acerca a la naturaleza en sitios tan urbanos como éste. Cae un cortina de agua fina pero persistente, debe estar medio helada porque nos pica en la cabeza. Compramos un paraguas en un chiringuito de recuerdos en la 5ª porque la poesía está muy bien, pero con el frío que hace como que ya está bien de mojarse.
La búsqueda resulta inútil y acabamos cogiendo un taxi para volver al hotel. Con la lluvia el tráfico se ha puesto imposible. Hay mucha gente por todas partes, los carritos de comida ni se inmutan y siguen chisporroteando su fritanga, las luces del Rockefeller Center centellean y se multiplican por el efecto prismático del agua. Todo está tan bonito como siempre a pesar de los pitidos y las maldiciones que nuestro taxista lanza por doquier en medio del atasco.
Todo nos gusta en esta ciudad, quizá porque somos turistas y no tengamos que soportarla con prisas y cargados con los problemas cotidianos. Hoy hemos cambiado la perspectiva de nuestro viaje y seguimos disfrutándolo con los cinco sentidos. Mañana vuelve a amanecer en la ciudad que nunca duerme y estaremos aquí para contároslo.







