Realmente nos da una pena tremenda marcharnos de Boston. No sabemos si ha sido la elegancia de sus calles, la historia de sus edificios coloniales o la magia de la nieve que nos ha regalado nuestra primera Navidad blanca, pero nos vamos con el sabor agridulce de la nostalgia y con la cabeza llena de recuerdos y de imágenes.
El autobús sale a las 11, así que no tenemos mucho tiempo. Nos acercamos a la plaza Copley, que ya nos resulta familiar, y la homenajeamos con nuestras últimas fotos.
Esta especialmente bonita tras la nevada de ayer. Desayunamos en un sitio que hay por la plaza y que ni recuerdo, porque fue el peor de todo el viaje. Pero hemos cumplido con la necesidad de meternos algo en el cuerpo y vamos a ver si podemos aprovechar lo poco que nos queda. He leído en algún sitio que es posible subir a la torre John Hancock y no quiero perder la ocasión. Entramos al vestíbulo de este enorme edificio de oficinas. Somos los únicos "no trajeados" así que nos miran un poco raro. El señor de información es muy amable, pero nos dice que no podemos subir. Yo me muestro contrariado, así que él me informa de que donde sí se puede subir es a la torre del Prudencial Center. Ya no nos da tiempo, así que esto se nos queda pendiente para la próxima vez. Corremos al hotel a por las maletas y cogemos un taxi a la estación. No puedo evitar hacer las últimas fotos, aunque tengo que bajar las ventanillas y entra un frío que pela. El señor taxista me mira a través del retrovisor con el rabillo del ojo, pero no dice nada.
Hay una gran cola en el andén, parece que hay mucha gente con ganas de ir a la Gran Manzana. (¿os imagináis tener NY tan cerquita? Coger un autobús y en 4 horas…) Subimos al autobús y vemos que no quedan dos asientos contiguos libres, se ve que casi todo el mundo viaja solo, se han sentado junto a la ventanilla y han dejado vacío el del pasillo. Lo siento marido pero ya que nos tenemos que sentar separados me voy a poner junto este rubiales fornido y tú te pones enfrente mío juntó a esa señora que viaja sola. “¡Qué cabrón eres!”, me dice. "Ay, si no hay sitios libres, ¿qué quieres que haga?". "¡Sabes tú poco!".
El rubio enseguida que dormido como un angelito y mi marido, que para algo tiene lengua, se engancha a hablar con la señora. Resulta que es de origen ecuatoriano, aunque vive en Boston como 25 años. Viaja con su hija, su sobrina y su pequeña nieta.
El rubio finalmente se despierta y le digo: “No sé cómo se puede dormir tan fácil en un autobús, a mí me resulta imposible.” “Ah, perdona si te he molestado, pero es que soy nadador y estoy siempre agotado, así que me duermo en cualquier parte.” ¡Encima nadador! Claro, por eso tiene esas espaldas. Y una sonrisa perfectamente ultrablanca. Es la viva representación del sueño americano. El chaval se anima a hablar y me cuenta que es de Nueva Jersey, que estudia en Boston y vuelve a casa para las vacaciones de Navidad. Tiene una novia japonesa y le digo que, entre novia y natación, poco debe estudiar. Se ríe con una transparencia que sólo tiene la gente muy joven o la gente de naturaleza bondadosa. Creo que él cumple los dos requisitos. Se mete con mi acento hablando inglés y yo le digo: “Oyeee, que yo hablo muy bien”, “Sí, pero hay un nosequé en la manera que hablas que te delata”. Claro, como que no soy nativo. Él ya casi no se acuerda de sus clase de español, pero consigo que me diga algo para reirme yo de él.
Me pregunta si estoy casado, le digo que sí y me dice: “¿Y dónde está tu mujer?”, “No, mujer no, mi marido, está sentado aquí al lado” Me encanta la naturalidad con que se lo toma: me dice que lo había sospechado pero que no me lo había dicho por si se equivocaba y me ofendía. Le contesto que todos los problemas se acabarán el día que eso no suponga una ofensa. A veces las personas intentamos justificarnos sin necesidad porque tememos haber sido incorrectos con alguien, sobre todo cuando creemos haber metido la pata con algún tema "sensible". Pero habitualmente la mala intención de la gente es algo que se huele a kilómetros de distancia, y no es el caso del nadador de Nueva Jersey. De todos modos, me aclara que su primo tiene novio desde hace muchos años, que se llevan muy bien y que no entiende a la gente que tiene problemas con este tema.
La conversación hace el viaje un poco más llevadero, pero el conductor no hace ninguna parada para descansar y comer algo y cuando nos acercamos a Nueva York el tráfico se hace de densísimo, por lo que viaje se alarga mucho más de lo previsto. Llegamos al Bronx cuando son casi las seis de la tarde y estamos sin probar bocado desde el desayuno, por lo que nos empezamos a desesperar. Ya es de noche cuando llegamos a la estación y estamos agotados y hambrientos. Nos despedimos de nuestros compañeros de viaje y veo que mi marido está muy afectado. Imagino que es por el hambre pero me cuenta que es por la historia que le ha contado la señora ecuatoriana. Después de un rato de risas y trivialidades, de contarle que iba a Nueva York a pasar la Navidad con otra hija, la conversación se volvió un poco más humana y profunda. Mi marido tiene la capacidad de empatizar mucho con los demás, incluso con desconocidos, por lo que la gente suele tener la tendencia de sentirse consolada contándole sus preocupaciones, sus pequeñas miserias cotidianas, las cosas que más les duelen. La señora, con su larga trenza negra, su sonrisa amable y una preciosa nieta que no para de hablar con esa media lengua que tienen los niños pequeñitos, se acaba derrumbando y contándole a mi marido que tiene miedo. Le han diagnosticado un tumor en la cabeza imposible de operar de momento por una infección, pero le aterra el momento en que los antibióticos hagan efecto y la citen a quirófano.
Ya os conté en el relato de otro día que lo que más hondamente nos impresionó del viaje fue la experiencia humana de compartir momentos, conversaciones, risas e incluso miedos con las personas que nos fuimos cruzando. La ocasión que la vida nos brindó de vivir aquellos instantes con gente que no conocíamos y cuyo mundo cotidiano era tan lejano nuestro nos marcó profundamente.
La cola que encontramos en la acera para coger un taxi es impresionante, así que se me ocurre echar a andar un poco para ver si nos resulta más fácil parar uno por la 8ª ó la 7ª avenida. ¡Qué error! NY está mucho más agitada y rebosante de gente que cuando llegamos la primera vez porque se acerca inminentemente el fin de semana previo a la Navidad y allí nos veis, cargados de maletas hasta las cejas y siendo incapaces de encontrar un taxi vacío. Un buen rato después mi marido se harta: “¿Está muy lejos el hotel?” Estamos en la calle 40 con la 7ª y vamos al Vincci Avalon, que está en la 32 con la 5ª. Ocho calles y dos avenidas, no es mucho pero vamos muy cargados. “¡Yo me voy andando! Pa estar aquí parado, echo a andar y ya llegaré.” Y allí que vamos los dos, cual pacomartínezsoria, con los maletones entre la manada de gente que hay por las calles. Resulta realmente complicado porque la gente va a su rollo y ni se apartan, lidiamos con las rejillas de respiración de las aceras y los andamios de las obras pero finalmente llegamos al hotel, de mal humor, rotos de cansancio y de hambre.
El hotel está estupendamente situado, casi haciendo esquina con la quinta a un paso del Empire. Está muy limpio todo, con mucho mármol y una decoración algo cargante y decididamente kitsch. La recepcionista es hispana aunque nacida en Nueva Yol, como dice ella en un español paroxístico. ¡Qué rápido habla la jodía! Para todos los que os dé miedo el tema del idioma, este hotel es muy recomendable. Hay mucha gente que habla español trabajando en él y hasta hay una enorme bandera española en la fachada.
La habitación es muy grande, con dos camas como en Boston y con un saloncito con sofá y tele. El baño está muy bien, con todo de mármol, aunque como pasa en el hall, la decoración es un poco inclasificable. Pero bueno, lo importante es que el lugar es confortable y limpio, así que nos damos una ducha reparadora y corremos a comer algo.
Entramos al primer sitio que pillamos, no miramos bulto. Es una especie de deli de estos que tienen de todo y me pillo una lasaña gigante que me entra más que nada por los ojos. En ese momento la cuestión es llenar la tripa después de todo el día sin comer. Aunque la comida es un poco mala, parece que se nos pasa un poco la mala leche y nos decidimos a dedicarnos a nuestro deporte favorito en Nueva York: recorrer la 5ª Avenida. Y es que qué tendrá la quinta que te revive, que te emociona, que te hace sentir la esencia de la ciudad. Casi no habrá noche en lo que queda de viaje que, una vez acabada la ruta del día nos demos un garbeo por aquí, sólo por el gusto de pisar sus aceras, de observar su gente, del espectáculo de los escaparates y de los hitos que te cruzas: desde el Empire al Rockefeller, desde St Patrick’s hasta el Hotel Plaza. De verdad, es un espectáculo.
Volvemos a meternos a la tienda Apple para mirar unos accesorios para el iPhone, que si una lámina protectora para la pantalla, que si una funda... está todo tan bien montado, tan atractivos los diseños, que en cuanto entras estás perdido. Ya nos han enganchado y salimos con bolsas en las manos…
Sabemos que FAO Schwarz, la famosa juguetería, está cerca pero no la vemos. Preguntamos y, uy, si está justo allí, puerta con puerta con la Apple. Ale, sin vergüenza ninguna, vamos pa dentro. ¡Qué chula! Que no se la pierda nadie, es un espectáculo que nos lleva de vuelta a la infancia. Allí están todos los sueños reunidos para deleite de grandes y pequeños. Al entra hay unos peluches gigantes de todo tipo de animales, selváticos, fantásticos, prehistóricos… y el techo está cubierto por miles de lucecitas LED formando un mágico cielo estrellado. El recibimiento no puede ser más espectacular. La experiencia de visitar esta tienda es algo que sólo lo puede vivir uno mismo, al recorrerla encuentras desde los juguetes más modernos a otros que ya nos encandilaron hace más de 20 años (me encantó encontrar un enorme clic de Playmobil de más de un metro de alto). También todos conocéis el piano de la película de Tom Hanks… una gozada.
Seguimos disfrutando de la locura de la 5ª avenida: entramos al vestíbulo dorado de la torre Trump, todo lujo y glamour hortera y ochenteno; insisto en pasar a los famosos baños de la última planta de Tiffany’s, pero me decepciona encontrar una wáteres normales y corrientes (¿alguien que haya estado nos puede decir dónde estaban los glamourosos?); y, para rematar, la locura de los “reduced” de Armani Exchange, frente a St, Patrick’s. Nos encontramos a los españoles del aeropuerto de Milán (sí, por segunda vez) y nos recomendaron que no nos dejáramos engañar por la marca, que había auténticas gangas. Así que dijimos “vamos a olfatear un ratillo por aquí”... y llegó la locura total. Si bajas al sótano, hay mogollón de estanterías que pone “reduced” y os podemos asegurar que es un auténtico desparrame: camisetas a 15$, jerseys a 30 y unas chaquetas… de infarto. Mi marido estaba empeñado en comprarse un abrigo largo, porque es algo muy neoyorquino (o eso nos pareció a nosotros, porque todos los chicos guapos y arreglaos llevaban uno), y se agenció uno precioso por 130$. Yo no me quedé corto y me compre una cazadora alucinante por ¡¡70$!! Cuando la dependienta que me buscaba la talla vio el precio no se lo creía, me sopla: “¡Pero si valía más de 300$!, no sabía que la habían bajado tanto.” Pues nada guapa, me la llevo antes de que cambiéis de opinión. Salimos de allí cargaditos de bolsas y con la adrenalina consumista a mil.
Pero estábamos agotados y con los horarios de la comida descontrolados del todo, así que no teníamos ganas de cenar ni nada, así que continuamos hacia el hotel para descansar, que mañana sería otro día más para disfrutar de Nueva York.
Pasar bajo la silueta del Empire cuando te vas a dormir es una experiencia única. Lo teníamos al lado del hotel y en los días posteriores pasaríamos a menudo a sus pies. Teníamos el símbolo de la Ciudad al otro lado de la acera, como testimonio que nos recordaba dónde estábamos, que nos hacía ser conscientes de la realidad que teníamos el privilegio de disfrutar para no dejar de saborear ni uno solo de los minutos que nos quedaban.
Yo le decía a mi marido: “Ya me siento neoyorquino”, con una ingenua ilusión que la propia ciudad te ofrece, porque tiene algo (de verdad, no sé lo que es) que te hace sentirte así desde que llegas. Como dice la canción de Frank Sinatra, quieres “formar parte de ella”. Dentro de ti sabes que es un espejismo, que sólo eres un turista recién llegado, pero es un sentimiento muy fuerte al que es mejor no resistirse porque esa fantasía es el mayor atractivo de Nueva York, lo que te hace perder un poco el juicio y desear volver una y otra vez.





