De repente estamos sumergidos en otra ciudad (¿es esto Nueva York en serio?), al menos una ciudad que nada tiene que ver con los tópicos que conocíamos. Brooklyn respira un aire de barrio tranquilo, la arquitectura es humana e incluso pintoresca. No hemos podido evitar caer rendidos a sus pies , y nada más desembarcar aquí hemos decidido que el día que nos toque la lotería, será aquí donde nos compremos nuestro pisito neoyorkino.
Recorremos Montague St, nos encandilan sus casas de ladrillo rojo con esa escalerita de acceso a la puerta principal que tanto nos llama la atención a los españoles, pero la sorpresa final tenía que llegar al finalizar la calle y alcanzar el Promenade con esas vistas de infarto de Manhattan.
La luz de la tarde, que se vuelve cálida, añade un plus de magia a la visión y nos emocionamos tan hondamente que no sabemos si lloramos por el frío o por la grandeza del lugar. Mi marido observa con envidia las casas que se asoman a tan privilegiado escenario y me comenta que los famosos seguro que viven por aquí.
Nos volvemos a internar a las callejuelas bordeadas de casitas de madera adornadas con enormes coronas navideñas. La estampa es deliciosa, cerca hay una escuela y pasan madres con niños pequeños tapados con varias capas de abrigo, con los bracitos semilevantados por el grosor de la ropa y con los ojillos asomando entre el gorro y la bufanda.
Seguimos paseando hasta el embarcadero del transbordador Fulton, a los pies del puente de Brooklyn.
Hay una pareja de novios haciéndose fotos, debe ser habitual porque la belleza de este sitio es incomparable. Nos quedamos un rato a pesar del viento helado y miles de imagen pasan por nuestra memoria a 24 fotogramas por segundo. Este lugar es un mito y esta tarde, a esta hora, el mito es realidad y esta realidad se ha cruzado con nuestra vida. Nuestros sentidos han capturado el instante en el que una parte de nosotros se quedó a la orilla del East River y quedará para siempre impregnando nuestra memoria. Juro que estar allí, con la enorme fachada de Manhattan que da al río ante tus ojos, es una de las experiencias más emotivas que estos viajeros vivieron en Nueva York.
Aunque la tarde ha empezado a caer, parece que es pronto para cruzar el río a la vez que se encienden las luces, así que decidimos buscar algún sitio para merendar. Salimos desde Old Fulton Street hacia el lugar donde se inicia el ascenso hacia la plataforma del puente mientras buscamos alguna cafetería.
Pasamos por la puerta del Eagle Warehouse y encontramos un local que nos da buena espina: BusyChef (en el 60 de Henry Street).
Hay un chico hispano bajito pero muy mono que nos atiende pacientemente. Como siempre, yo no sé qué elegir. Hay tantos zumos de tantos sabores, tantas empanadillas (o cosas que se le parecen), sandwiches... hay hasta platos preparados de arroz con carne, ensaladas. Nos conformamos con una especie de tortitas rellenas un poco picantes para nuestro gusto pero muy ricas y unos zumos de medio litro con las mezclas más surrealistas de frutas.
Cuando parece que la tarde hace amago de esfumarse, volvemos a la calle e iniciamos la subida al puente.
Aunque hace un frío de mil demonios, hay gente que se anima a seguir nuestro mismo recorrido. Aunque hay más que vienen en sentido contrario a mí me gustaba la idea de ir de cara a Manhattan cuando la noche cayera y poder ver Brooklyn de día.
Cuando la pasarela de peatones se convierte en una senda de maderitas como las de los muelles y vemos los coches como pasan a toda velocidad bajo nuestros pies, a mi marido le entra la paranoia de que ese puente tan viejo y con lo que se mueve no puede ser muy seguro. Así que me paso medio camino descojonado cada vez que pasa un coche y todo tiembla. No es que sea cruel, pero daba mucha risa la cara que ponía. “Venga, date prisa, no te pares tanto a hacer fotos.” Como veis, no le hice mucho caso y me quedó un reportaje muy majo del puentecillo.
A mitad de puente una chica un tanto locaria se nos acerca. Es española, como no podía ser de otra manera, y nos pide que le hagamos una foto. Cuando nos pregunta de dónde somos, pega un grito y se pone a pegar saltos. “¡No me lo puedo creer, no me lo puedo creer!” Y empieza a llamar a una amiga suya que va un poco más adelante. “Mi amiga es del mismo pueblo que tú, pero vivimos en Madrid.” La amiga viene y le hace un interrogatorio a mi marido, para ver si era el primo segundo del hermano de un conocido. Anda que venir a Nueva York para que en lugar tan insólito te salga una de tu pueblo que como te descuides es parienta tuya, lo que nos faltaba. Ale ale, vámonos. El mundo está definitivamente globalizado.
Cerca del final del puente vemos el Pier 17 iluminado. Quería que acabáramos el día allí, pero estamos cansados y tendríamos que volver sobre nuestros pasos al llegar abajo, así que lo dejamos para otro día y llegamos donde empezamos el día: en el City Hall. Entonces mi marido se acuerda del Century 21, que está tan cerquita, y como para el shopping siempre le quedan fuerzas, hacemos allí la última parada.
Este sitio es una locura, enorme, desordenado, abarrotado de gente. Es cierto que hay muchas marcas, pero la mayoría son cosas horrorosas que acabaron aquí porque nadie debe haberlas querido antes (imagino yo). Aún así, dedicándole un ratito, se encuentran cosas muy interesantes. Compramos calzoncillos de marca a precio de mercadillo y unas cremas para la cara (que hay que ir empezando a cuidarse) a 34 $ el pack de 3 tamaño grande (vamos, al precio de lo que vale un solo bote en España). Ah, compramos también más camisetas térmicas a 3$, que al paso que vamos, nos van a hacer falta. Nos encontramos a los españoles con los que coincidimos en el aeropuerto de Milán. ¡Pero bueno! Esto es peor que el pueblo...
De vuelta al Midtown, nos acercamos a la agencia de alquiler de coches que nos habían recomendado en el hotel. Nos sale demasiado caro, tanto si lo alquilamos para un día (porque hay que dejarlo en Boston) como si lo cogemos para tres días y lo devolvemos en Nueva York. Ambos casos rondan los 300$, luego añade gasolina, peajes, etc. A esto se añade que sabemos que ha estado nevando de lo lindo por toda Nueva Inglaterra, así que me da un ataque conservador y decido que nos vamos a ir en autobús. Me quedaré sin ver los pueblecitos del camino, pero es otra excusa que me dejo para volver.
Esta noche he pensado que cenemos en Junior’s, leído en el foro (calle 45, entre Broadway y la 8ª) y está muy cerca del hotel. De camino, por la 8ª avenida vemos decenas de tiendas de electrónica de dudosa reputación (¿cómo puede haber tantas?) de las que siempre aconsejan en el foro alejarse como de la peste. Pero los escaparates están abarrotados de ofertas increíbles y mi marido se siente irresistiblemente atraído. Aún así, impera la prudencia y nos largamos al Junior’s sin caer en la tentación.
Recomendamos Junior’s sin dudarlo. La comida es variada y buenísima, a unos precios estupendos. El local es enorme y muy animado, así que cenamos de maravilla. (Mmmm, qué rico ese pavo con salsa de castañas). Cuando ya nos vamos, llega lo mejor. Al ponerme el abrigo, le pego semejante manotazo a un camarero que aparece de la nada que toda la carga de la bandeja vuela por los aires y aterriza sobre la mesa contigua... que estaba ocupada por cuatro comensales. Me entra un calor, un sudor y un ahogo que creo que me va a dar algo. El corazón se me pone en la garganta y la sangre se me baja a los pies. Las bolsas de la compra de esta pobre gente están empapadas y hay vasos rotos en la mesa. “¿Hay alguien herido?”, pregunto. “De momento no”, contesta la señora a mi espalda mientras se quita los cristalitos de encima. Tras el sofoco inicial, la verdad es que se portaron de maravilla: “An accident”, repetían. El encargado se lo toma con humor, y yo le pregunto si tengo que pagar algo sin saber si caerme redondo o salir corriendo. “¡No por Dios! Ha sido un accidente, estas cosas pasan.”
Cuando salimos de allí, la tensión estalla y empezamos a descojonarnos de la risa. “Ya la has liado”, me dice mi marido “te has puesto blanco y todo”. “Joder, claro, creía que me moría... pero es que no lo he visto venir. Con lo que nos ha gustado el sitio, ahora ya no podemos repetir, qué vergüenza.”
Entre la risa y el apuro, volvemos a pasar nuestra última noche en el Paramount. Mañana dejamos NY sin tristeza, porque sabemos que pronto estaremos aquí otra vez.
Dejo a votación popular el contar o no las experiencias de Boston, si lo preferís (ya que este foro está más orientado a NY), paso directamente 3 días en el calendario. Vosotros me diréis


las fotos, y me repito, son GENIALES !!!



Queremos Boston!! 


